Forma, color o simplemente algo que le llamó la atención, esa es la forma de mirar de José Rojas Dresdner, artista que durante septiembre presentará su nuevo trabajo en Galería 1712. “Cancelación de la deuda” es el título de esta exposición, su primera exposición individual, curada por Macarena Cacciuttolo.
Hay más imágenes disponibles de las que cualquiera podría mirar en una vida. Están ahí, gratis, infinitas, iguales para todos. José Rojas elige algunas.
No sabe explicar bien por qué. Dice que le gustan. Podría parecer poco. Es, en realidad, lo único que no puede delegar.
Cuando las imágenes se pueden encontrar, copiar y reproducir sin límite, la autoría se corre de lugar: deja de estar solo en producir algo que antes no existía y pasa a estar en decidir. Es el desplazamiento que describe Nicolas Bourriaud cuando plantea que la pregunta del arte ya no es qué podemos hacer de nuevo, sino qué podemos hacer con lo que hay. El gusto —una preferencia que no se argumenta y no se hereda— se vuelve entonces el gesto autoral.
Cuando se detiene ante una imagen, lo que reconoce no es lo que esta muestra. Una escena de película, una fotografía vieja, algo que apareció en una pantalla y guardó: el contenido casi nunca es la razón. Lo que ve es otra cosa. Un color que podría funcionar. Una zona que le daría trabajo. Una posibilidad.
Ve una pintura que todavía no existe. Lo que le gusta de la imagen no está en la imagen.
Y ahí ocurre algo que vale la pena mencionar, porque sostiene todo lo demás. Durante siglos el pintor le debió algo al motivo: fidelidad, exactitud, homenaje. Pintar era, en alguna medida, responderle a aquello que se estaba pintando.
Una imagen elegida por gusto, entre millones que daban igual, no reclama nada. No hay a quién responderle.
José descubrió eso temprano y lo dejó escrito. Durante un semestre se dedicó a hacerse autorretratos, y anotó que lo que hizo posible el ejercicio fue justamente la falta de compromiso con la exactitud de su propia imagen: al no tener que parecerse, la pintura quedaba libre para ocuparse de sí misma. Trabajó, dice, con una actitud despreocupada y libre de tensión.
Lo que entonces fue un ejercicio autoimpuesto, hoy se lo da el mundo. Hay tantas imágenes que ninguna obliga.
Por eso el exceso no lo agobia. Un archivo inagotable de imágenes que no le exigen nada es, exactamente, un espacio de libertad. La imagen deja de ser el destino de la obra y pasa a ser su comienzo.
Cabe decir, además, que esas imágenes no están quietas. Aparecen, se comparten, se copian, se pierden y vuelven a aparecer en otra parte. Circulan. José no se instala fuera de esa corriente para mirarla desde la orilla, sino que trabaja dentro de ella. Encuentra una imagen, la detiene, la pinta. Y cuando la pintura está terminada, alguien la fotografía y vuelve a irse.
Pintar, ahí, no es detener el flujo. Es introducir una demora. Boris Groys describe ese vaivén entre circular y permanecer como una condición del arte contemporáneo; en José aparece como algo mucho menos abstracto: el tiempo que una imagen pasa quieta mientras alguien la trabaja.
Lo que ocurre en ese tiempo es enteramente pintura. El color no responde al color que había, sino al que necesita el cuadro. Las formas se deforman si algo lo pide. La pincelada puede seguir el contorno de una figura o pasarle por encima. El motivo sobrevive lo justo para que uno reconozca algo, y no más.
José pinta rápido y pinta mucho. Deja obras a medias, vuelve meses después, tapa, insiste. Esa urgencia tiene un origen concreto: empezó pintando en la calle a los doce años, con un material que obliga a resolver rápido o chorrea, sobre superficies que nunca eligió. De ahí viene la velocidad de su mano y también la ausencia de solemnidad frente al soporte —pinta sobre tela, sobre melamina, sobre una plancha de volcanita o sobre una baldosa con la misma naturalidad—. Pero lo que quedó de esa época no es un estilo: es una manera de estar. Producir sin parar. No esperar que nada quede terminado.
Lo que sí queda es la huella. En la superficie se leen las decisiones, la velocidad de un trazo, las capas encima de otras capas. Una pintura no conserva al artista, pero produce el efecto de que alguien estuvo ahí. Es una de las razones, sostiene Isabelle Graw, por las que la pintura sigue siendo un medio tan potente en un mundo donde casi todo lo demás es inmaterial.
Nada de esto es nostalgia. José no pinta contra las pantallas ni a favor de un oficio perdido.
Lo que hay es más simple y más difícil de sostener; en un sistema donde todo está disponible y nada es necesario, él sigue queriendo algo en particular. Elige una imagen entre millones y decide dedicarle pinceladas. No puede justificarlo y no lo intenta.
Ese deseo, que no obedece a ninguna razón y no le sirve a ningún argumento, es probablemente lo más romántico que puede hacerse hoy con una pintura.