Las obras que forman parte de Tiempo suspendido son una recopilación de los últimos trabajos de Totoro. Y, aunque declara que no hay un hilo específico entre todas las pinturas, sí están unidas por ese afán de sumergirse en la naturaleza y, “desde una profunda observación detener el tiempo y dejarlo plasmado en lienzos señalando, principalmente, que todo está conectado, vinculado”, explica.
Mirar la pintura de Flavia Totoro es asomarse al paisaje que proyecta un único ser. Ese individuo se trata normalmente de un árbol, un único e imponente árbol en el que la técnica depurada retrata desde su base, un suelo abrazado por las raíces que aún sin ser visibles están ahí; en vez de tez, este retrato se fija en una corteza – algunas rugosas, otras lisas y suaves, nudos, arrugas, pliegues y giros de ese pilar robusto – y que culmina en una copa entramada y enredada a veces desnuda a veces poblada por hojas y vegetación.
Un retrato en primer plano, que aún difícil, consigue alcanzar esas grandes dimensiones de un árbol completo por el tino compositivo de la pintora de origen mexicano y chileno. Sus cuadros son de grandes dimensiones, destacando por encima de todos el muy bien nombrado “Universo” (2017) un lienzo de 7 metros de largo sobre el que se extiende un espeso y complejo bosque. Contemplar esta obra implica un paseo en el que se suceden los troncos de abedules.
Su estudio y obra se asemeja a la de los naturistas que con curiosidad y ambición de documentar lo que les rodea, absorben fielmente detalles, rasgos y características particulares. Como un botánico que documenta una nueva especie ante sus ojos.
En su pintura los recuerdos del natural conviven en el lienzo con lo imaginado, lo olvidado y, quizás también, lo soñado o anhelado. La obra de Flavia Totoro crea un tiempo suspendido en el que las certezas testimonian el pasado, los haces de sombra y reflejos de sol desde la copa nos transportan a un presente y a la expectativa de volver a un futuro plácido y envolvente bajo ese ser.